El movimiento siempre fue parte de mi lenguaje, y tener un cuerpo ágil y libre, una prioridad que genuinamente disfruto.
Hace cinco años llegué a mi primera clase de yoga sin expectativas. No sabía que iba a cambiar algo en mí. Descubrí una práctica que va mucho más allá de lo físico: es desafío, presencia, disfrute y conexión, todo en uno. Donde la respiración y el flow se entrelazan, creando una danza, y el cuerpo empieza a transformarse cuando te volvés presente en el mat, con constancia.
Hace dos años me formé como profesora, y desde entonces enseño a personas de todos los niveles. Mi objetivo es simple: que en cada clase encuentres lo que a mí me dio el yoga, sin exigencias, pero con intención.
No importa si nunca pisaste un mat o si llevás años practicando. Lo que importa es que llegues, y que te vayas sintiéndote mejor que cuando entraste.
Años practicando
Años enseñando
Alumnos
Clases dadas
Antes de la primera postura, respiramos. Es el momento para soltar lo que traías y llegar de verdad al mat.
Leo el grupo y el momento. Hay días para moverse fuerte y días para la quietud. Mi trabajo es leer eso y responder.
No hay posturas que «tenés que» llegar a hacer. Trabajo con opciones y modificaciones. Lo que importa es lo que sentís adentro, no cómo se ve afuera.
Construyo secuencias con ritmo y lógica corporal, para que el movimiento se sienta propio, no como una instrucción a seguir.
Cada clase termina en Savasana con cuencos tibetanos y de cristal. Las vibraciones ayudan al cuerpo a soltar, integrar y aterrizar, es donde muchas sienten que algo termina de acomodarse.